jueves, 15 de noviembre de 2007

Amistad: divino tesoro

Cada vez que tengo la oportunidad de entablar una conversación, sobre algún tema interesante con alguna persona no tan cercana a mí, la aprovecho y lo hago.


Esta mañana fui a una charla, en un lugar cerca de mi casa, mientras caminaba venía pensando en mis amigos, en lo maravillosos que son, y cómo siempre están allí para mí cuando los necesito. Cuando llegué a mi destino, me ubiqué en un asiento y escuché la charla, muy buena por cierto y una vez terminó, me acerqué a una de las señoras presentes, por ninguna razón en particular, simplemente me acerqué a disfrutar del batido de vainilla que me habían regalado. Casi inmediatamente ella y yo comenzamos a hablar, de todo un poco en verdad, y de pronto tocamos el tema de la amistad.


Yo le conté que tengo un amigo que me cambió la vida, para bien por supuesto, tal vez suena un poco exagerado, pero este señor ha tenido una influencia en mí muy grande. El y yo hemos tenido conversaciones muy largas en las que hemos hablado desde temas tan superficiales como chismes de artistas hasta cuestionar la vida misma. Mi punto es que le comentaba a esta señora que los amigos son una parte, casi se puede decir fundamental en la vida de un ser humano y, como que el destino quería que yo escribiera hoy sobre la amistad porque a lo largo del día, sólo he tenido conversaciones con varios amigos acerca del mismo tema: la amistad y su influencia en las personas.


En la tarde mi amiga Aura me hablaba de la soledad, me decía que tenía ganas de hablar, de hablar sobre la soledad, y entonces yo le pregunté cómo definía la soledad — si se han podido dar cuenta me gusta definir — y ella me respondió que era “no sentir afecto de parte de otros, por más que estés rodeado de personas puede que en verdad estés solo”, esperé unos minutos mientras analizaba su respuesta y entonces le pregunté si se sentía sola y me dijo: “No, porque te tengo a ti y tengo también a mis demás amigos”, me dijo un par de nombres que no voy a develar. Lo que me llamó la atención y por eso decidí escribir es que en verdad los amigos son para una persona la alegría de cada día.


Ahora yo contaré la historia que he venido a contar…


Hace un par de meses sufrí de una decepción muy grande, tuve un periodo de depresión intensa que me duró casi un mes, casi tomo una decisión estúpida: dejar la universidad. No comía, no dormía, no salía y no estudiaba, no hacía más nada que deprimirme y caer cada vez más —hasta casi tocar fondo — en el agujero que me encontraba. Las razones por las cuales me encontraba así la verdad no vienen al caso. Yo sabía que tenía que levantarme y sabía que podía hacerlo, pero no sabía cómo hacerlo, buscaba la manera de empezar, pero cada vez que intentaba caía nuevamente, así que decidí terminar el mes de depresión, a sabiendas que cuando expirara el último minuto de la última hora del último día del mes, ya no habría marcha atrás, ya no habría más depresión y aquella pena que me destrozaba mi actitud positiva quedaría fuera de mi vida, al igual que la persona que la provocó.


Un día entonces, hablando con una amiga me comentó que ella estaba en una comunidad en la que todo el mundo estaba y decidí inscribirme, en ese momento yo sólo quería distraerme. Durante los primeros días de mi estadía en esta popular comunidad empecé a navegar y a ver qué tenían de bueno para ofrecerme, en mi búsqueda de nada en específico me encontré con un grupo dentro de la comunidad y decidí unirme. Eventualmente me contactaron de este grupo para que asistiera una reunión, así que decidí ir.


Recuerdo muy bien que el día que fui, sólo había pasado una semana después de haber tomado la decisión de terminar aquél capítulo de mi vida y mi actitud, bueno, no era precisamente la más positiva; ya no estaba deprimida, pero tampoco estaba precisamente alegre. Estos chicos que conocí en esta reunión, me hicieron reír desde el momento en que entré al lugar donde estábamos pues, mi primera expresión cuando vi al chico que me había contactado fue una sonrisa amplia en mi rostro.


Ese día sembré una semilla de la amistad y que hoy en día aún sigo cultivando y de la cual poco a poco he visto florecer un hermoso arbolito de amistad, cuyas flores son los rostros de mis nuevos y antiguos amigos.


Manteniendo mi mente ocupada, superé mi dolor más intenso, contando con otras personas pero curándome a mi misma.


Vi que nunca estuve sola, que mis amigos estuvieron conmigo, los que me apoyaron en su debido momento y los que llegaron a mi vida cuando los necesitaba. Comprobé también que una persona te puede cambiar tu perspectiva y de hecho, me alegra haberlo vivido en carne propia. Llegué a la conclusión que todas las penas, hasta las más profundas se pueden superar, sólo tienes que tener las ganas de dar el primer paso. Y, por último me di cuenta mientras hablas con un extraño, puede que llegue a tu mente la idea de tu próximo artículo.


¿Y entonces cuál es mi punto? La verdad: ninguno. Hoy sólo quería hacer una reflexión sobre la amistad tan hermosa que conocí, que estoy viviendo intensamente y que amo a mis amigos, tanto a los viejos como a los nuevos. Además, esta historia me gusta mucho y me encanta compartirla.


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