Hoy, tuve que asistir a un evento en la universidad, relativamente temprano, pero como el día anterior me había acostado muy tarde, como de costumbre, se me pegaron algo las sábanas y me levanté tarde. Antes de ir a la universidad tenía que arreglarme, para verme decente en la jornada de inducción y además tenía que desayunar, otro atraso más. Cuando salí de la casa bastante apurada decidí que me tomaría un batido de desayuno y así lo hice.
Fui a la jornada como tenía planeado y una vez que terminó, no veía la hora de tomar un taxi para llegar a mi casa a comer, porque en serio tenía mucha hambre. Como estoy obsesionada con revisar mi cartera antes de salir a algún lado —pero recordemos que esta mañana salí tarde y apurada, así que sólo alcancé a ver si la cartera estaba en mi bolsa—, me fijé si tenía dinero antes de ir a tomar el taxi y cuando vi, a duras penas tenía unas pocas monedas —a veces me parece mala idea cambiar tan seguido de cartera—, como no tenía más que unos míseros centavos decidí reprimir mi hambre y tomar el autobús, no era tan malo después de todo si iba con una amiga. Cuando llegué al centro comercial donde me deja el autobús pensé: “¿Por qué no tomé un taxi y lo pagaba en la casa?”, eso debí haber hecho y aún podía hacerlo, pero si ya había aguantado tanto ya que más daba caminar por el centro comercial hasta llegar a mi casa, si tampoco es tan lejos, así que decidí dar la caminata de veinte minutos.
Apenas di unos pocos pasos cuando de repente me llegó una idea a la mente, qué tal si hacía un ejercicio metafísico mientras caminaba, así que así lo hice. La idea básica del ejercicio era mantenerme en constante movimiento durante toda la caminata, mentalizarme en que podía caminar todo el tramo sin detenerme por nada, mentalizarme en que no habría obstáculos que me hicieran parar por completo en el camino y los que me hicieran disminuir la velocidad, podría rebasarlos sin problema alguno. Y así lo hice, caminé sin detenerme en un centro comercial lleno de personas y con automóviles circulando por las calles. Caminé siempre hacia el norte, sin esquivar a las personas al contrario, las personas al ver que yo seguiría adelante me esquivaban a mí, me mentalicé tanto en que no habría ningún auto cuando yo pasara por las calles que así fue, cada vez que iba a cruzar la vía estuvo libre para mí.
Se me presentaron varias situaciones que son dignas de comparar con las que se nos presentan en la vida diaria. Digamos que un tercio de las personas que caminaban a mi alrededor son los problemas económicos, un tercio son los problemas con las demás personas y el último tercio son los conflictos que tenemos con nosotros mismos y por último estaban los autos.
Todos los problemas tanto económicos, relacionales y personales se nos mezclan en la vida y se convierten, a su vez, en cuatro tipos de problemas: los que creemos son los peor, los que realmente son los más difíciles de superar, los imprevistos y las dudas.
La mayoría de las personas me abrieron camino entre ellas y me dejaron pasar sin ninguna complicación. Estas personas son los problemas que creemos son “lo peor que nos ha pasado en la vida”, que nos ahogan en un vaso de agua, haciéndonos creer que nunca saldremos adelante, pero si les hacemos frente, veremos que no son tan complicados de resolver y así mismo nos iremos abriendo paso entre ellos, casi sin necesidad de sufrir algún daño.
Así también mientras caminaba, me encontré con un segundo grupo menos cuantioso de personas que no cedieron el paso, aún cuando me veían dispuestos a pasarles por encima, y créanme que así lo hice, más de un golpe me llevé pero les pude pasar. Esas personas que no se apartaron de mi camino pertenecen al grupo de los problemas que parecen no tienen solución, por más que los enfrentemos ellos no nos “ceden el paso”, a estos problemas hay que plantárseles firmes, recibirlos con toda nuestra fuerza y saber que, aunque saldremos heridos, saldremos adelante.
El último grupo de personas, que sólo fueron dos o tres, fueron las que me aparecieron en el camino y no me di cuenta, ellas estaban allí, pero yo no las vi venir, cuando me aparecían de repente en el camino me confundía y no sabía muy bien qué hacer, tenía unas cuantas milésimas de segundos para pensar, pues no olvidemos que mi objetivo era caminar sin detenerme, así que aunque me desconcentraban de mi ejercicio, lo que hacía era mirarlas directamente a los ojos y esquivarlas. Estas personas son los imprevistos que nos da la vida, al yo mirarlas a los ojos, los estaba enfrentando y asimilando con todas las consecuencias que traen consigo y al esquivarlos luego, no estaba esquivando el problema, sino buscando una ruta alterna para seguir adelante en mi camino.
Por último estaban los autos, los que eran capaces de matarme si me chocaba con ellos. Ellos representan a los problemas más peligrosos que tenemos en la vida, los que verdaderamente son capaces de matarnos al impedirnos seguir adelante por completo, dejarnos tirados en el piso sin la posibilidad de levantarnos talvez jamás; y lo peor es que nos los trazamos nosotros mismos: las dudas.
Cuando cruzamos la calle, debemos mirar hacia ambos lados, cruzar con precaución, no correr en la vía, pero sobretodo no dudar al cruzar, por que corremos el riesgo de ser atropellados, al menos así fue como me enseñó mi mamá a cruzar una calle. En las calles de la vida ocurre exactamente lo mismo, llegar hacía el otro lado es alcanzar una meta que nos hemos trazado, para conseguirla debemos mirar hacia todas las direcciones y estar seguros de que es el momento indicado para buscar esa meta, buscar las maneras de realizarla con toda precaución y no tomar decisiones apresuradas, pero lo más importante es no dudar al dar el siguiente paso. Para ejemplificarlo un poco más contaré sobre el día que me decidí volver a escribir, varias personas me dijeron: “¿Y si nadie te lee? ¿Y si a nadie le gusta lo que escribes? ¿Y si la inspiración no te llega un día, qué haces?” y yo les respondí a todas estas personas que si todas estas cosas fueran a pasar, entonces yo no habría tomado la decisión de volver a escribir.
Cuando empezamos un nuevo proyecto es normal tener dudas sobre lo que vamos a hacer, pero no podemos permitir jamás que esas dudas se apoderen de nosotros, porque podrían atropellarnos y dejarnos tirados en una calle hasta morir. Si vamos a empezar un proyecto nuevo, cada vez que una duda nos avecine a la gran casa de nuestros pensamientos, que es nuestra mente, no debemos abrirle la puerta, en proyectos nuevos no debe haber cabidas a “¿Y si no hacemos ninguna venta? ¿Y si nos divorciamos en unos años? ¿Y si no soy capaz y fracaso?", si se empieza algo pensando así, entonces es mejor no comenzarlo hasta que todas esas dudas se aburran de tocar a nuestra puerta, y al ver que no le abrimos, den la vuelta.
Como conclusión al ejercicio que realicé, puedo decir que en la vida todo es movimiento, debemos mantenernos con un ritmo, saber cuándo acelerar, cuando bajar un poco la velocidad, pero sobretodo saber que NUNCA, bajo ninguna circunstancia nos podemos detener, lo importante es siempre abrirnos camino en busca de nuestro norte, manteniéndonos en movimiento.
Cuando llegué a mi casa, me sentí muy bien después de haber realizado mi ejercicio metafísico con éxito, además pude almorzar un delicioso plato de queso fundido con arroz y también cumplí con mi cuota de ejercicio diaria.